La Costa de la Luz no es Mundaka ni Nazaré, y precisamente por eso es un buen sitio para aprender a surfear: olas amables, playas de arena kilométricas y agua que perdona los errores del principiante. Guía honesta para coger tu primera ola en este rincón del Atlántico.
Lo que ofrece esta costa al principiante
Fondos de arena —el mejor amigo de quien se cae mucho, que al principio somos todos—, espacio de sobra para no estorbar y ese oleaje atlántico variable que, sin ser una máquina de olas perfectas, da días aprovechables durante buena parte del año. La escuela náutica de la playa Central incluye el surf y el paddle surf entre sus disciplinas, con material y monitores: el punto de partida sensato.
Los cuatro básicos del primer día
Uno: tabla grande y blanda, que la estabilidad enseña más que el estilo. Dos: remada y posición antes que ponerse de pie, que la ola se coge tumbado. Tres: la espuma es tu amiga; las olas ya rotas de la orilla son el aula perfecta y nadie te mira. Y cuatro: mira siempre alrededor, respeta la prioridad de quien ya está en la ola y no sueltes la tabla en medio de la gente. El surf tiene pocas normas y todas son de convivencia.
Cuándo y con qué condiciones
Aquí las condiciones las escriben el viento y la marea a medias: los días de poniente moderado suelen ordenar el mar, y cada playa cambia con la marea, así que el parte de olas y la tabla mareal son lectura obligada de desayuno. El agua atlántica pide neopreno buena parte del año, cosa que se agradece: menos gente en el agua y más olas para ti.
Si el mar está plano, el plan B es de lujo: el kitesurf los días de viento y el paddle surf por la ría los días de calma. En esta costa nunca sopla en balde.