Las pisamos poco y las miramos menos, pero las dunas son la razón de que la playa siga ahí cada verano. Ese cordón de arena y vegetación que separa el arenal del pinar no es decorado: es la infraestructura de defensa más antigua y eficaz de la costa. Entender cómo funciona explica, de paso, por qué en playas de Isla Cristina como Caminito Santana se entra por pasarelas elevadas y no campo a través.

La duna es la hucha de arena de la playa

Una playa no es una cantidad fija de arena: es un sistema en movimiento. El viento y el oleaje quitan y ponen arena constantemente, y la duna funciona como reserva. En condiciones normales, el viento acumula arena en el cordón dunar; cuando llega un temporal que se come parte de la playa, esa arena almacenada vuelve al sistema y amortigua la pérdida. Sin duna, cada temporal se lleva playa sin devolución: la erosión gana todas las manos.

La vegetación es el pegamento

Una duna sin plantas es solo un montón de arena a merced del viento. La vegetación dunar —de las herbáceas pioneras de primera línea al pino piñonero y la sabina del cordón interior, como los que acompañan el litoral isleño— fija la arena con sus raíces, frena el viento a ras de suelo y permite que la duna crezca y se mantenga. Por eso el pisoteo es tan dañino: no rompe la arena, que es infinita, sino las plantas que la sujetan, que tardan años en recuperarse. Cada atajo por la duna es un boquete en la muralla.

Para eso están las pasarelas

Las pasarelas de madera que cruzan el pinar y las dunas en varias playas de Isla Cristina existen exactamente para esto: concentrar el paso de miles de personas en una línea que no toca la vegetación. No son un adorno turístico, son gestión de costas en su versión más sencilla. Usarlas es la manera más fácil que existe de proteger una playa: caminar por donde toca.

Un ecosistema con inquilinos ilustres

El cordón dunar no es solo defensa: es hábitat. En el caso isleño, uno especialmente valioso: entre los pinos y sabinas del monte litoral vive el camaleón común, una rareza en Europa que aquí tiene uno de sus refugios andaluces y hasta un sendero con su nombre. Aves que nidifican en el suelo, invertebrados especializados y una flora adaptada a vivir de sal y viento completan un ecosistema que cabe en unos metros de ancho y no existe en ningún otro sitio del mapa.

Qué puedes hacer tú (poco esfuerzo, mucho efecto)

La lista es corta: entra y sal de la playa por los accesos y pasarelas, no arranques ni pises la vegetación, lleva al perro atado en el entorno dunar —hay aves que crían en el suelo— y llévate tu basura. Es todo. La duna hace el resto, como lleva haciéndolo desde mucho antes de que existieran las sombrillas.

Si quieres ver un cordón dunar en plena forma, en nuestra guía de las playas de Isla Cristina te contamos cuáles conservan los mejores; y si te interesa el ecosistema completo, sigue por las marismas y la Ruta del Camaleón.